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ÁNGEL PASCUAL RODRIGO

EN BUSCA DEL MONTE PERDIDO

10 de junio al 10 de julio de 2016





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Centro MATADERO

Avda. Martínez de Velasco, 6 - 22005 - Huesca


Lunes a viernes: 18:00h - 21:00h

Sábados, domingos y festivos: 12:00h - 14:00h y 18:00h - 21:00h



Contacto i +info Galería A DEL ARTE

www.adelarte.es · galeria@adelarte.es · 618 313 355

 

Los lugares de San Úrbez

Ángel Pascual Rodrigo


Los territorios oscenses son claves en mi trayectoria profesional y vital.

En l’Ainsa tuvo lugar mi primera individual con mi hermano en 1972, con motivo de la presentación de Andalán.


En la S’Art de Huesca —aquella memorable galería de Ángel Sanagustín— montamos en 1973 nuestra tercera instalación. Y volvimos periódicamente cuatro veces más.


En las Salas de la Diputación de Huesca tuvo lugar la última exposición de nuestra Hermandad Pictórica.


Un año más tarde —tras mi monográfica en solitario de ARCO’89— quise que fuera también en S’Art mi primera exposición por separado en una galería.


Y quién sabe si ésta será una de mis últimas propuestas, tras 48 años de actividad artística, 118 individuales, innumerables colectivas y proyectos de todo tipo a la espalda.


Durante los seis años que viví en Montmesa (1976-1982) se produjo el paso más perdurable en mi pintura. Allí —donde se encuentran los Monegros con el Pirineo y junto a ese embalse de la Sotonera en que aprendí a pintar mares— me sumergí en la actitud contemplativa bajo las luces vitales de la Naturaleza. Allí comencé a ejercer la extinción personal y una práctica rigurosa de la pintura, buscando reflejar con máxima nitidez y objetividad el transcurrir de los ciclos naturales, sus momentos y sus matices. Allí se gestaron algunos de mis “leit motiv” pictóricos —como la atalaya o el barquero— y allí quedaron marcadas en mi retina algunas imágenes que he repetido muchas veces, como si buscara la eternidad de los momentos allí vividos.


Al pensar en volver a exponer en Huesca en este momento de mi vida, transcurridos 26 años desde la última vez que mostré en esta ciudad mis pinturas, he querido mostrar una pequeña selección ilustrativa de mi evolución pictórica durante ese tiempo y, al mismo tiempo, sugerir reflexiones a partir de ciertas constantes temáticas que perduran en la memoria de mi pintura.


La temática aquí propuesta me remonta a mi vínculo inicial con el Pirineo, a las acampadas y ascensiones adolescentes, a los encuentros sagrados con la montaña en los valles de Broto, Ordesa, Pineta y Gistaín que sellaron en mí el mito indeleble del Monte Perdido, engrandecido y cristalizado como simbología en las posteriores visitas al Cañón de Añisclo.


Un árbol me cautivó desde mi primera visita a Añisclo en el verano de 1979. Se convirtió en un tema referente de mi obra por los múltiples significados que su estructura y emplazamiento sugieren. En 1980 lo pinté en un óleo sobre tela de 120 x 77 cm que, tras ser expuesto en Barcelona y Madrid, fue adquirido por una  apasionada coleccionista aragonesa. Al mismo tiempo realicé una pintura de lápices Stabylo sobre papel en pequeño formato que adquirió un coleccionista catalán en Barcelona.

27 años después retomé el tema para realizar estas tres pinturas y la visualización del proceso cíclico con la pixelación de sus piezas en digitografías y en vídeo.


En esta exposición laten evocaciones a los amantes de la montaña:

A Peter Talbot Willcox, a quien acompañé con sus dos amigos desde Montmesa hasta Añisclo para recorrer el cañón y fraguar una entrañable amistad.

Y a Marco Pallis, el maestro de la simbología del alpinismo, a quien tuve el privilegio de conocer. El gran templo natural del Cañón de Añisclo nos dio pie a mantener una memorable correspondencia y a dedicarnos recíprocamente algunas de nuestras obras. Le conté la leyenda de los sollozos de San Úrbez en la cueva inicial del recorrido, cómo lloraba porque no lograba ablandar su endurecido corazón y al caer una lágrima al suelo manó una fuente. Y le conté cómo me hacía pensar en ello la cascada que mana de aquella gran roca al llegar al final del Cañón.



Aventura en technicolor

Chus Tudelilla

Fragmentos. Periódico de Aragón, 2014


«La relación de parentesco entre la pintura y el cine es uno de lo asuntos centrales del proyecto y de ahí su título. Y es que el color en el cine es tan irreal como en la pintura; si bien, el color de la pintura es el elemento más ansiado por el cine. »


«La historia que se narra a través de dibujos y pinturas partió en octubre de 2007, cuando Ángel Pascual y el escritor Juan José Flores caminaron a través del Cañón de Añisclo hacia el Monte Perdido, lugar de referencia en la vida y obra del pintor, desde 1980. »


«El pistolero errante de la película Shane (en España: Raíces profundas) y la magia de El ladrón de Bagdad (películas galardonadas con el Óscar a la mejor fotografía en color en 1954 y 1940, respectivamente) se dan cita en esta historia vivida e imaginada pictórica y también fílmicamente en el corto realizado por Pascual Rodrigo».



Llamada de los montes distantes

Alejandro Ratia

Fragmentos. Heraldo de Aragón, 2014


«Cierta belleza ejerce una atracción cruel o maternal, o ambas cosas a la vez, contra cuyo poder poco puede hacerse. Fibras sensibles compartidas por el simple hecho de ser humanos.»


«El tema central de ‘Shane’ se titula ‘La llamada de las montañas distantes’. Podría pasar por una descripción del mundo plástico de Ángel Pascual Rodrigo. Puede ser el fantasma del Monte Perdido, o el perfil de las sierras mallorquinas, que es el paisaje de su tierra de adopción.


Este asunto de las montañas lo define, vital y plásticamente. Es una estructura. Resulta sintomático que seleccione dos películas, como hemos visto, por una comunión estructural, buscando el tipo de modelos formales que hubiera buscado Northrop Frye. Y que aluda al espíritu común de las montañas, en otras pinturas sobre tela. Esto nos lleva a detectar que, en sus trabajos, lo que no debe engañarnos es la anécdota, sino que ésta es siempre máscara de modelos estructurales, simplificados, que tocan fibras íntimas de forma inevitable. De ahí que sus composiciones tengan la sencillez elocuente de una fábula.»

Ángel Pascual Rodrigo y Juan José Flores caminaron en octubre de 2007 a través del Cañón de Añisclo con la mirada volcada en una colaboración creativa.


Después de siete años de aquel caminar hacia el Monte Perdido, aquella mirada compartida ha dado lugar a esta exposición secuencial de Ángel Pascual Rodrigo, en cuyos papeles y telas confluyen otras historias que el prólogo de Juan José Flores sugiere.



Praderas de TECHNICOLOR

Juan José Flores

Fragmento de su escrito para

«TECHNICOLOR en busca del Monte Perdido»


… Así que el sueño que me había llamado era el de un pintor, me dije. Algunos nombres escuchados al llegar me cautivaron. «Valle del Añisclo», donde bebí y lavé mi herida, «Monte Perdido». Todo aquí es distinto. No poseo ni necesito el movimiento que antes me animaba, ni siquiera su rastro, sino algo anterior a él que podría ser su presagio, su arquetipo. Es sobre todo el paisaje lo que me define ahora, me penetra, siento su densidad, su solidez, el peso de su existencia y la mía —antes tan evanescente—; la noto en el corazón, en mi herida. Aquí el color tiene peso y la luz es fluida como un río, una corriente que me lleva, me sostiene y me alimenta; me fundo en ella. ¿Podrá curarme la herida quien soñó estos cuadros? Una parte de mí no regresará ya a aquel último fotograma del que escapé, a las praderas de Wyoming. Nadie notará mi ausencia en él. Seguiré avanzando aquí, como peregrino, por las laderas de este pintado Monte Perdido, que no solamente pide ascensión, sino que ofrece verdadero cobijo. Ahora, inmerso en este paisaje que me define, desaparecido en él, pienso en la transparencia de technicolor que fui, cuando aún ignoraba que mi verdadera esencia era la luz y sólo la luz, como la de estos cuadros, como la de todo color. Sí, el color.