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ANGEL PASCUAL RODRIGO
 
Galería SEN
Mayo 2003
 
Barquillo, 43
28004 Madrid

 
 
LOS BUENOS PASTOS CRECEN EN LA SOMBRA
susurro
SUSURROS DE PENUMBRA

2003. Acrílico y óleo / tela. 116 x 136 cm
Colección particular

Esta pintura evoca la serigrafía realizada en 1979
y primera colaboración entre
 Galería SEN y Angel Pascual Rodrigo

La idea de esta exposición surge de una antigua frase encontrada al azar: UMBRA PASCENS SATA (la sombra hace crecer los pastos).

Resulta superfluo pretender explicar a fondo el porqué de esta idea y de su desarrollo en esta instalación pictórica.
 
Tanto el conjunto de pinturas como su secuencia global tienen una coherencia accesible. Las cartelas y los pies de foto bastan para iniciar el acercamiento.

Quien quiera entender los distintos planos de reflexión entenderá. Quien sepa disfrutar dispondrá de aromas y pastos. Por lo demás, sería inútil buscar palabras que hagan entender a quien no quiera ni sepa ver. A estas alturas se ha dicho ya casi todo.


Igual de superfluo resultaría explicar por qué una exposición como ésta, en la que no hay toros ni trajes de luces, quiero dedicarla a un torero. A un maestro a quien admiro por cuestiones que escapan al ámbito de los aficionados taurinos al uso y aún más, por supuesto, al de los enemigos viscerales del toreo.


Sin embargo no puedo resistirme a dar pistas: Comparto su preferencia por las faenas que desplieguen variedad en vez de monotonía pseudopurista (una corrida y una exposición tienen ciertas cosas en común). Me descubro a mi mismo vibrando ante lo que él llama rito y liturgia, evitando al mismo tiempo la concesión fácil y el gesto engañoso. Creo compartir también el sentido del juego serio y el planear por encima de las dualidades naturales, conjugando luces y sombras, haciendo dialogar lo sencillo con lo complejo, mostrando la sutil diferencia entre cada momento de una secuencia... sin que el tener o no tener éxito nos arrastre y siempre vadeando entre lo posible y lo imposible.


Quizá tampoco a él le dijera mucho más sobre los motivos de mi dedicatoria. Quizá los dos termináramos decidiendo que era mejor guardar esas razones en la sombra del silencio.


Vaya pues por José Miguel Arroyo Joselito
Angel
Pascual Rodrigo
Campanet, febrero de 2003

 
Anexo escrito en 2007
 
En respuesta al movimiento antitaurino

 

Los antitaurinos lograrán seguramente exterminar una especie.
 
Los toros bravos existían en toda Europa en su modo natural y ahora sólo quedan en España y Portugal.
 
En Portugal no matan a los toros en las plazas. Pero las ganaderías portuguesas sobreviven gracias a los que venden a las plazas de España.
 
Los bovinos del resto de Europa son productos degenerados para consumo de carne y leche que han perdido sus instintos atávicos de defensa y los atributos físicos (astas grandes hacia adelante y potente aparato locomotor).
 
Los toros bravos existen gracias a que algunos de ellos dan su vida por los demás después de años de buen vivir. Dando su vida perdura su especie, viviendo en el paraíso de las dehesas y sin ser estabulados.
 
La fisiología de los toros bravos hace imposible la estabulación sin degeneración.
 
Sus primos no bravos vienen sufriendo una degeneración continua para que resulten productivos.
 
Mc Donnals y las carnecerías comunes hacen de ellos hamburguesas y asépticos filetes para que no seamos conscientes de que pagamos su muerte antes de haber cumplido un año de vida. Pagamos para que esas terneras mueran tras vivir menos de un año en siniestras granjas, engordadas artificialmente con piensos artificiales, hormonas y química.
 
A esas terneras, que comemos a gusto y no nos dan pena, se les inyectan tremendos tranquilizantes cuando llegan al matadero, para que queden aturdidas y no agarrotadas por el tremendo olor a sangre y dolor de las masivas muertes antes de recibir la tremenda descarga que ponga fin a su anodina vida. Algunas mueren de infarto al entrar al matadero.
 
Los antitaurinos sólo defienden su propio sentimentalismo. No les importa el futuro de los toros bravos, a fin de cuentas sólo buscan su exterminio. ¡Pobres animales!
 
En cambio los taurinos de verdad los amamos, por eso nos llamamos taurinos y no antitaurinos.
 
Vivimos con cada toro su vida y su pasión hasta la muerte.
 
Sufrimos con cada animal en cada uno de sus sufrimientos.
 
No obstante, detestamos el sufrimiento innecesario y tramposo que les infligen algunos advenedizos sin escrúpulos. Abucheamos más que nadie al torero que, por ejemplo, ordene al picador destrozar un toro al que teme.
 
Yo mismo me he prometido no volver a ver jamás a José Tomás por una vez que le vi hacer eso en la plaza de Palma. Aquella misma tarde, sin embargo, vi a Joselito en la faena más memorable que recuerdo haber visto en mi vida, su rito fue tan perfecto que terminé llorando de emoción, aunque pasara casi inadvertida para el público general.
 
Nos sentimos identificados con cada animal en la lucha para defender nuestras mejores querencias.
 
Vencemos con la victoria de su verdad por encima de la muerte.
 
Sentimos que cuando muere cada toro algo oscuro de nuestra alma muere con él y al mismo tiempo una luz renace en nosotros, con él y desde dentro de él.
 
El gran maestro sufí del siglo XX ‘Isa Nur ad-din Ahmad dijo a uno de sus discípulos que cuando un toro muere de manos de un torero que cumple con su darma sacerdotal de modo suficiente ese toro renace en un estado más central.
 
Pero por lo que se ve, cada vez hay menos gente que sabe ver, menos taurinos de verdad, más gamberros alcoholizados, más ciegos... y los malos toreros y ganaderos se aprovechan de esa ceguera para hacer algunas cosas ilegítimas creyendo no ser vistos.
 
Pero no todos los toreros y ganaderos son así ni todos los espectadores somos ciegos. He visto llorar a más de un torero porque tenía que matar a un toro que le había respondido a su engaño con bravura y le había entregado la enseñanza de su nobleza hasta la muerte. Algún torero importante a pasado por mal matador de buenas faenas porque le resultaba imposible matar aquellos toros que le habían demostrado valor y nobleza. Quizá a ese torero le faltaba saber (como a tanta gente de hoy día) que una buena muerte es el colofón de una buena vida.
 
Hoy
domina realmente la ceguera y al tuerto se le llama tibio. Y en ese estado de cosas quizá no tenga sentido que perviva un rito que sólo es considerado ya mayoritariamente como superstición. Quizá sea llegado el momento en que los toros bravos desaparezcan para siempre, como tantas otras especies, como los pieles rojas de las praderas (perdón por la comparación, pero entiéndase que la hago en consideración a ciertos valores correlativos de esos animales y aquellos hombres).
 
Los antitaurinos quizá consigan dar a todos los toros bravos la puntilla general, permitiendo desde su “magnánima mezquindad” que unos pocos individuos sobrevivan indignamente en una mezquina jaula de zoológico o en una minúscula reserva.


Angel Pascual Rodrigo